La noche del 23 de diciembre, el primer cumpleaños de Diego

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Cuando me ofrecieron la oportunidad de buscar y hacer equipo para realizar esta edición 2016-17 de Luces de Barrio recuerdo que lo primero que tuve claro fue trabajar mano a mano con mi compañera Isa arias, de Hisabelia (slow-design para gente feliz) con todo el riesgo que supone mezclar lo doméstico, la intimidad y la responsabilidad del trabajo bien hecho. La admiración que siento por su buen hacer y su creatividad y sobre todo su mundo interior, como bien ha quedado reflejado en los farolillos estampados en tela de la Higuera de 500 años de antigüedad, me dió la confianza definitiva.

Cuando en un segundo momento los 6 equipos de los distintos huertos debíamos escoger un día para la inauguración del evento, no pude resistir (con toda las ventajas y desventajas que daba el hacerlo el último día, en viernes y justo la víspera de Navidad) la inevitable tentación de elegir el día 23 de Diciembre, noche en la que hace un año Isa se puso de parto para dar a luz a  nuestro hijo Diego.

Con lo que el 23 D quedará en nuestro recuerdo como una fecha de alumbramiento y curiosamente de Natividad.

Decía Guille Deleuze (uno de los filósofos más luminosos del s. XX), en la maravillosa entrevista documental “abecedario Deleuze” que le hace Claire Parent  amiga y alumna suya, que toda obra creativa o testimonio que sea un intento de hablar de uno mismo, no tiene la mayor relevancia y que es una profunda estupidez. Solo es digno de compartirse, decía, aquello que habla de lo común en los seres humanos.

Estoy con Deleuze y si me atrevo a hablar de Diego mi hijo y de su primer año en la vida, es porque de todas las lámparas a las que he visto brillar, no hay otra que me parezca más luminosa.  Y lo mejor es que brilla con luz propia. La luz de un bebé es suficiente luz y al mismo tiempo arroja tanto enigma por la vida que para mí, está estrechamente ligada a la experiencia que hemos tratado de compartir y celebrar en el huerto del rey moro.  Una conexión con las fuerzas vivas de la naturaleza sin caer en misticismo ni sentimiento religioso alguno. Creo que sea de forma laica o no, siempre con respeto, es hora de devolver el misterio de la vida a un plano humano que esté libre de la manipulación de  quienes hacen del mito un modo de control y gobierno.

Y justo eso es lo que se practica en esta comunidad del huerto del rey moro,  que de manera auto-gestionada y laboriosa, lo cuida para el disfrute de cualquiera que entre por sus puertas.

El cartel que el día de la inauguración debía reflejar el organigrama vertical (el mismo que aparece en la pestaña de Participantes de este blog) de los agentes y personas que han hecho posible este evento, tenía escrito un texto que decía tal y como sigue:

El espacio en el que te encuentras es un trozo de naturaleza. Una porción rescatada de lo urbano mismo. Antes de que la ciudad extendiera su manto de asfalto y alquitrán, hay árboles que ya estaban aquí. Hace 500 años.

Este jardín, huerto, parque, pulmoncito verde del Casco Antiguo,  pertenecía a la casa del Rey Moro (antígua casa del período árabe y actual Fundación Blas Infante). Abandonado durante muchos años,  este espacio que en la actualidad es de titularidad municipal, fue ocupado por  (se ocuparon de él) un colectivo de personas y vecinas del barrio.

Juntas constituyeron la plataforma “La Noria, amigos del huerto del rey moro”. Juntas lo fueron reavivando,  como se reaviva un fuego, y poco a poco han conseguido la maravilla que vas a visitar y disfrutar.

El camino de la auto-gestión  colectiva no es fácil y está lleno de sinsabores,  pero es justo a través de la resolución de conflictos como se abre el camino para que la convivencia en comunidad sea posible. El camino utópico de la libertad.

Como humanos hemos conseguido los sueños más imposibles (viajar al espacio incluso), así que ya es hora de que vayamos a por los posibles.

Esta instalación, sin pretensión alguna, trata de evidenciar el idilio originario entre ser humano y naturaleza. Somos naturaleza.

Esperamos que abras tus ojos y parte de su magia te visite a ti.

Los preparativos ese día duraron hasta instantes antes de la hora de entrada. Todo un despliegue de fuerza colaborativa entre la comunidad de artesanos implicados, amigos y usuarios del huerto del rey moro y los equipos al completo de Nomad Garden, el Mandaito y Surnames.  Isana la panadera, preparaba la masa del pan de calabazas con Neno (entrañable antropólogo danzarín) y echaban leña al fuego del horno de barro de la entrada.  Alex el herrero, con ayuda de unas cuantas personas,  daba estabilidad al vástago de las dos esculturas donde los diversos farolillos iluminados se juntarían en ramilletes de luces aéreas a modo de farol de farolillos. Los farolillos de tela lucían sus estampados  a la luz de la tarde mostrando la cara diurna de color al igual que las calabazas. De noche, encendidas las luces de las lámparas de led,  todos los gatos son pardos y la decoración deja paso a los puntos de fuga de la luz, que como el agua, busca siempre una salida. Dos extraños monjes vestían su hábito al son del viola de gamba que ensayaba la pieza que acompañaría parte del recorrido del evento. La intención era sorprender a los visitantes pero al mismo tiempo acompañarlos en su visita. Los 3 artistas cumplirían este cometido. 13 calabazas tipo ruperta (mal llamadas en el mercado hallowen) caladas de otros modos no importados, se colocaban por el  suelo del huerto para hacer las veces de balizas terrestres y ayudar a visibilizar los accidentes del mismo. Estas calabazas fueron cultivadas por un ex componente del Piperrak Urbano que ya no está entre nosotros. Y tanto Javi Atienza como yo  vimos en usarlas ese día, un homenaje al sudor del hortelano. De esas calabazas saldrían los diversos pasteles de calabaza, que la creativa mano de la actriz Tamara Arias preparó para los asistentes al evento. Así mismo 16 latas doradas de 5 l de capacidad con 16 letras proyectaban el nombre del lugar a los pies del muro del convento de Santa Paula que hace frente a la fachada del huerto.  Al caer la tarde se podía leer con pequeñas luces punteadas contra el muro H U E R T O  D  E  L    R E Y   M O R O y con velas en su interior hacían también de balizas para el tramo de calle que de manera deliberada y planificada se había quedado a oscuras.  Acuerdo con el ayuntamiento para que ningún transeúnte sufriera daño (como así fue)  de 18,30 a 20,30 de la tarde.

Y así, la gente se fue agolpando mientras un par de amables recepcionistas ofrecían los más de 150 farolillos de lata perforados con hojas de las plantas del huerto del rey moro. Nuestro queridos amigos Lilo de la Librería Quilombo y Salvador Cutiño (profesor de derecho en la UPO) nos regalaron su tiempo y su empatía.  Lo demás, lo veréis de modo resumido en la pieza documental de Surname que, con la sensibilidad de Javi Vila, ha sabido recoger como en pastilla de caldo la esencia del proceso.

De modo telegramático teatralizado la secuencia fue como sigue:

18,30 de la tarde del 23 de Diciembre. La luz del sol prácticamente inexistente. Dos personas reparten farolillos de latas sobre dos mesas iluminadas por los mismos. Más de 180 Mujeres, ancianos, hombres y niños se concentran a las puertas cerradas del huerto del rey moro. La luz de las mesas pasa a repartirse, entre los asistentes, por esta antesala callejera que prácticamente corta el tránsito de la calle enladrillada. Dos monjes extraños, situados a cada extremo de este espacio, comienzan a hablarse e invitan al público a andar tras de sí. Las puertas del huerto se abren y en comitiva, los más de 180 personas van adentrándose en un jardín a oscuras, con la única iluminación que portan en sus manos. La oscuridad y un leve destello les envuelve. La figura de luz de múltiples hojas de diferentes especies se mueven en la penumbra. Una panadera remueve las brasas de un horno que huele a romero quemado y a pan de calabaza. Los panes salen del horno. La comitiva continua su camino mientras todavía hay gente de la misma entrando por las puertas del huerto. Los monjes vociferan historias del huerto, algo sobre un árbol que es naranjo y limonero a la vez. Junto a él otro árbol se enciende con una luz irisada en un intento de ser lámpara. La comitiva se acerca a una de las medianeras del lugar justo cuando uno de los monjes comenta que las medianeras son las custodias de la memoria de muchos solares. Una secuencia de imágenes se suceden en silencio proyectadas a tamaño de pantalla de cine. Estas imágenes contienen memoria de los últimos 13 años del huerto del rey moro, justo desde cuando la comunidad de personas del barrio decidió darle uso y rescatarlo de su encierro. La luz del níspero se apaga. Las imágenes contaban algo tal que así:

Minutos antes de acabarse la proyección el sonido de una viola de gamba se solapa pareciendo ser la banda sonora de la parte final de la pieza visual.  El sonido sin embargo suena lejano, se retrotrae. Los monjes conducen a la gente envolviendo el níspero por sus flancos llevándoles a las inmediaciones de la cúpula geodésica hecha de lamas de persiana reciclada por el celebrado colega y amigo Luca Staci. La cúpula está aún a oscuras, el sonido de la viola brota de dentro. De pronto 6 lamparitas de un naranja aterciopelado alumbran el cuerpo del hombre instrumento, un ciborg en toda regla, sin poder distinguir ya donde termina el hombre y donde comienza el instrumento. La música lo envuelve todo. Los monjes prosiguen el camino haciendo las veces de cicerones pastoreando la comitiva. Cuando pasa el último visitante, la luz de la cúpula se apaga. La visita es como el cine pero al revés. En lugar de pasar el fotograma, pasa el espectador en un plano secuencia sostenido desde la espera a oscuras de la calle. El primer monje se acerca rodeado a los pies de la anciana higuera de 500 años de edad. De pronto la higuera se ilumina mostrando unos 40 farolillos de tela en forma de tetraedro que cuelgan de su bóveda. La higuera como  lámpara presenta la imagen de un cuento de hadas. Los primeros en llegar a sus pies salen para dar el relevo a los que vienen detrás. Se dirigen a colgar farolillos de las esculturas de acero que harán de farol de faroles.  Los árboles de acero se llenan de latas iluminadas. Y poco a poco la gente va rodeando lo que llamamos el círculo de las moreras. La penumbra sigue reinando moteada por breves destellos de velas enlatadas. Todo el ambiente evoca a los comentados en el elogio de la sombra de Tamizaki. La Higuera se apaga y una a una, la totalidad de ocho bombillas que cierran un círculo se va encendiendo. La comitiva, habiendo roto filas ya, se agolpa en las comisuras del círculo de estos árboles.  Bajo cada luminaria un representante de la asamblea dice una frase que dibuja un perfil del huerto del rey moro. El círculo de bombillas representa la diversidad de seres y sentires con sus ideas que construyen y cuidan a este espacio: la asamblea 

Los monjes pleitean entre ellos……y uno le pregunta al otro:  ¿pero esto que es, un huerto o un jardín?… y el monje más formal …le contesta …pues no se, pero lo que sí se es que si no se respeta a los árboles, cómo vamos a respetar a las personas y el otro respondón le dice …sí ..sí ….pero si no respetamos a las personas cómo vamos a respetar a los árboles. 

El circulo de la asamblea se apaga al unísono. La magia de las 50 lámparas de calabaza flotantes se derrama por entre las moreras….. y un clamor inolvidable cierra el evento momentos antes de degustar los pequeños dulces de calabaza acompañados de zumos y aguardiente.

y  echando la vista atrás ..sólo podemos decir….

Gracias a todas. Ha sido alegre esta aventura.

 

 

 

 

 

 

 

Un artículo de

Darío Mateo e Hisabelia

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